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Una de cuatro no es solo un número, una de cuatro no es sólo un gráfico ilustrativo, una de cuatro fui yo.


Una de cada cuatro mujeres pierde un hijo durante el embarazo, el parto o sus primeros meses de vida. Una de cada cuatro, se dice fácil, parece poco, pero una de cada cuatro puede ser esa amiga de la infancia y no lo sabes, puede ser tu compañera de trabajo a la que le preguntan -¿para cuándo el bebé?- sin saber que ha pasado por abortos en repetición, tu madre o tu abuela que lo vivieron calladas sin compañía y puede en un futuro ser tu hija, esa pequeña que ves jugando tranquila a las muñecas.


Sí, la muerte es inevitable y lo único que tenemos seguro al nacer es que vamos a morir en algún punto pero, es que hay algo tan inquietante en morir al nacer o nacer muerto, simplemente es algo inconcebible y que uno creería que no pasa cuando es más común de lo que creemos.


El problema es la manera en la que los seres humanos vemos a la muerte y evitamos hablar de ella, como la enfrentamos o le tenemos miedo, como nos educan a temerle y huirle, cuando la muerte simplemente es.


Vida y muerte van tan tomadas de la mano que cuando se espera vida te puede tocar abrazar la muerte así de crudo, así de real, así de humano. Un día pasas de estar felizmente embarazada a ser una de las cuatro siluetas de mujer que están en el gráfico demostrativo coloreada de negro cuando las demás están de rosa y en tu negrura piensas ¿por qué nadie me dijo que esto podía pasar?


El problema es que el embarazo, la maternidad y todo el velo rosa que la envuelve está tan romantizado que no puedes empañar esa felicidad y nubes de algodón hablando de cardiopatías congénitas, de trombofilias, de partos prematuros, trisomias, de muerte intrauterina hasta que te encuentras en la silla del consultorio bañada en lágrimas o en shock escuchando las palabras que nunca te imaginaste podías escuchar, que tu hijo viene con una condición que le hace incompatible con la vida o un simple -no hay latido-.


Luego te despiertas un día con el vientre vacío, los pechos llenos de leche y pasas a ser un despojo humano que necesita hablar de lo que le pasó y sin ningún oído que quiera escuchar, sin orientación o acompañamiento adecuado, sin empatía alguna viviendo un duelo desautorizado porque para el ojo humano si no lo tuviste en tus brazos ¿qué tanto puede doler?


Afortunadamente cada día hay más redes de apoyo entre mujeres que tratamos de hacer ver que somos más que una silueta negra, que este tema necesita ser más visible y que se necesita más empatía por parte de quienes nos acompañan y rodean.


Estamos avanzando poco a poco para que en México y America Latina se hagan y lleven a cabo protocolos en hospitales para manejar correcta y humanamente los casos de muerte de bebés, que los padres estén acompañados, que haya un fotógrafo especializado para tomar fotos de esa personita que se fue tan pronto. Hay asociaciones y fundaciones hechas y fundadas por mamás que han vivido en carne propia por la muerte de uno o más de sus bebés por que se encargan de velar para que los papás puedan tener recuerdos de ese hijo, acompañamiento y contención.


No podemos evitar que la muerte suceda pues es parte de nuestra condición y fragilidad humana pero hablando de nuestras experiencias, acompañando de manera empática a quien vive la experiencia, ayudando en sus procesos de duelo hace que el dolor sea más llevadero y que a esa mujer color de negro en el gráfico se le pinte una sonrisa en el rostro y aprenda a recordar a su bebé sin tanto dolor.



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