A la vida hay que preguntarle. En memoria de Martha Acevedo Segura.


Vi las paredes moverse, se desplazaron hacia adelante y hacia atrás. Primero pensé: me estoy mareando, qué me duele. Nada. ¿Me iré a desmayar? Las mesas comenzaron a vibrar. Voltée a ver a mis compañeros y supe que esa experiencia de movimiento la estábamos compartiendo. La maestra tranquila dijo: Ahhh, está temblando, no se apuren.

¿Temblando? ¿En León?


Era mi primer temblor, estaba en clase de periodismo con Martha Acevedo Segura quien venía de CDMX y esto era lo más normal del mundo. La nota era tembló en Oaxaca y lo sentimos hasta León. No recuerdo el año, debió ser 2002, 2003. A partir de ahí mi aprendizaje sobre periodismo siempre fue sísmico, una sacudida de la realidad, un rompimiento de las placas de tu zona de confort. Martha era de esas maestras que creía en la experiencia, la teoría estaba bien, pero si no caminabas las calles, no dudabas, investigabas, no exprimías tus fuentes, no estabas haciendo periodismo.


Ella estudió comunicación en la Ibero León, después se fue a ser periodista en CDMX y volvió a León a ser docente y fundar Avenida Digital 3.0, portal de noticias que dirigió hasta su muerte.


Te toca cubrir nota roja junto con Gabriela Carballido, dijo Martha y de nuevo temblé. Unos días después una reportera del periódico am, nos esperaba en las oficinas del medio para subir al vochito blanco que nos llevaría a donde la frecuencia de la radio policiaca indicara. ¿Qué no es ilegal? pregunté mientras me acomodaba de copiloto. La reportera sonrió, debió pensar: pero qué par de niñas me asignaron. Subimos, bajamos, cotorreamos, recorrimos León por todos eso barrios conocidos y desconocidos para mí. Paramos a desayunar en una tiendita por la arbide. A la mitad de la mordida al sandwich, el anuncio sobre un acuchillado nos hizo bajar el cerro para ir detrás del tianguis "La pulga".


Recuerdo ver a la reportera presentarse, sacar la grabadora de audio e interrogar a todos los congregados afuera de los departamentos. Sentí tristeza, angustia, me quedaron las preguntas ¿Y el respeto a las víctimas, sus familias? ¿Por qué se cubre la nota roja?


Así llegabas al aula, con preguntas en la piel. Martha nos sentaba en círculo o en rectángulo para vernos todos. Abría preguntando, incitaba al debate: periodismo, géneros, ética, historia, medios impresos, radio, tele. Anécdotas combinadas con teoría y sus consejos o tips. Ejemplos, lecturas, muchos ejercicios. Trabajamos todos los géneros, incluso hicimos una revista impresa, porque había qué hacer para aprender. Pasar por todo el proceso, no sólo escribir.


Leímos a Leñero y su clásico "Los periodistas". Nos llevó a México, en ese entonces Distrito Federal, para conocer Proceso, Reforma, un noticiero en radio con Ricardo Rocha, Reuters y algún otro lugar perdido en mi memoria. De Reforma recuerdo el orden, su lobby enorme, su estilo queriendo decir: aquí se hacen las cosas en grande y bien. Reporteros por todos lados, oficinas y la rotativa. De nuevo el terremoto. Caminar vibrando, viendo el imparable rollo de papel, las tintas, sentí pisar metal sagrado. Ahí se imprimían las historias revolucionarias del mundo, del país. Sólo los mejores verían su nombre impreso y su investigación alcanzaría a millones. Eso imaginaba.


En Proceso, recuerdo conocer a Julio Scherer, hijo. Nos recibió en una salita, nos contó rápidamente la historia de fundación de la revista y luego nos llevaron por cada uno de los departamentos. Martha insistía: aprovechen, pregunten. En fotografía dijeron: no está el jefe y las risas inundaron el lugar. Tenían chistes privados porque se divertían mientras nos enseñaban el archivo, cómo manejaban las fotos, decidían las portadas. Me quedé con la sensación de que era emocionante ser fotorreportero. El lugar parecía decir: aquí importa la verdad, no las instalaciones. Un ambiente familiar, una casa con espacios improvisados pero efectivos.


Años más tarde, Martha me preguntaría entre sonrojada y responsable de la historia: ¿A poco en ese viaje conociste al papá de tus hijos? No, él era el jefe que no estaba, lo conocí después en León en una exposición. Lo que ya no le conté a Martha es que cuando él quiso impresionarme con Proceso yo le respondí como una sabelotodo porque había ido al viaje de medios con mi maestra de periodismo, quien era la mejor del mundo.


En Reuters nos quedamos con la boca abierta, mis compañeros y yo babeamos. Nos parecía el lugar más moderno, el futuro debía de verse así. Computadoras a donde miraras, cámaras, fotos, varios idiomas en la misma sala. Daniel Aguilar, fotoperiodista, Premio Nacional de Periodismo nos recibió con una sonrisa. Paciente, humilde contaba sus historias como fotoperiodista dentro y fuera de México, lo hacía ver como un trabajo cualquiera cuando nos voltébamos a ver con asombro, admiración, con la expresión: yo jamás podría hacer eso.


En W radio y en el noticiero con Ricardo Rocha, fue la velocidad, la agilidad mental para crear con palabras un mundo. La maravilla del sonido, las cabinas de ensueño. La magia de la radio frente a medios cada vez más visuales.


De Martha aprendí que a la vida no hay que tenerle miedo, hay que preguntarle. Conocer personas es viajar, viajar es encontrar conexiones, escribir es construir puentes entre lo que fue y lo que será o podría ser. Siempre sonreía, era cálida, bromista, cercana a la gente. Lo que aprendí sobre periodismo con ella lo apliqué en mis primeros trabajos como reportera cultural para medios en León. En 2008 me fui a vivir a DF y de nuevo lo aprendido, más la breve experiencia en medios, me ayudaron en mi camino laboral. Seguíamos escribiéndonos por el face, cuando nacieron mis hijos me echó porras:

En 2012 regresé a León, Guanajuato. Volvimos a coincidir y de nuevo su sonrisa, su calidez, siempre su sí. Mientras fui Coordinadora de la Academia de Comunicación del Bachillerato del Instituto Lux, la invité, junto con Arnoldo Cuéllar, a dos o tres mesas sobre periodismo, ética, futuro de los medios digitales, el compromiso periodístico frente a la realidad social (2014,205).


Inspirada por ella y todavía con el recuerdo vivo en la piel, los temblores en la memoria, el sismo de lo que representó para mí su clase, sus viajes, inicié la ruta de los medios con los alumnos de sexto de bachillerato. En efecto, los llevaba a Proceso, Reforma, W radio, Televisa, el Museo Memoria y Tolerancia y el Museo de Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM. Recuerdo a mi jefe Mauricio Cárdenas, director del Bachillerato Instituto Lux preguntar: ¿No tienes miedo de llevarte alumnos de prepa a CDMX? No, respondía segura. Desconozco si era ingenuidad o corría el riesgo porque sabía lo que esos viajes cambiaban la vida, o al menos, te hacían cuestionar si realmente querías ser periodista o trabajar para los medios. ¿Tenías lo que se requería? Era mi oportunidad de ayudarles en la elección de su carrera. Estos viajes continuaron cuando me volví directora y hasta que llegó la pandemia, pero lamentablemente el COVID-19 se llevó a mi maestra Martha.

En 2015 fue nuestro apoyo para el cortometraje de J.A. Cerrillo "Un Obituario para Polly" en el que fui co-guionista y tuve la oportunidad de convivir con su hija Vera.

Entrevista que nos hicieron desde su portal de noticias Avenida Digital 3.0.


Todo esto es como lo recuerdo. Por Martha también aprendí que lo mío es la literatura, admiraré siempre a los periodistas, pero es una labor que requiere compromiso, disciplina, investigación, memoria, amor por la historia, pensar sistémicamente. Siempre le agradeceré las formas tan diversas en que estuvo presente en mi vida. Se quedó en mi lista de mujeres que quería entrevistar porque me inspiran, las admiro, porque abrieron camino para otras.


Estas letras son mi manera honrarla. Gracias Martha por enseñarme la importancia de dejarte cimbrar por la vida y registrarlo, de preferencia con periodismo.

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