DÍA DEL PADRE CON PANDEMIA.

En España se celebra el día del padre el 19 de marzo, día de San José. Hace dos años festejamos esta fecha como en otras ocasiones; desayuno en la cama, caminata por la playa y comida en el puerto de Gandía. Después algún helado por el paseo marítimo y al volver a casa nos quedábamos un rato más en casa de los abuelos. Toda la vida dimos por hecho una tradición que jamás pensamos podría cambiar. El año pasado, en España, el 14 de marzo se declaró cuarentena nacional. Cancelaron las Fallas de Valencia (fiestas con una tradición arraigada); aunque lo veían venir, después de que se suspendiera en Italia el Carnaval de Venecia. Nos preguntábamos si podríamos celebrar el día del padre con la familia. No pudimos. Había patrullas por las calles vigilando que nadie fuera por la calle, con altavoces recordando que estábamos confinados. Las multas eran altas y no valía la pena arriesgar la salud ante un virus que traía de cabeza a todo el mundo. El edificio donde viven los abuelos y donde vivimos nosotros, está comunicado por la cochera, así que esperamos que fueran las 20:00 horas para aprovechar que la gente estaba en los balcones aplaudiendo y la policía vigilando lejos. Salimos en silencio de la casa, con cubrebocas, guantes y sin encender la luz de la escalera; cruzamos la cochera en silencio, rápido, de igual forma, sin encender nada. Al llegar a nuestro destino, ya nos esperaban con la puerta entreabierta, las persianas bajadas, las cortinas cerradas y hablando bajito.


La abuela pensó en su madre, fallecida el año anterior; con tristeza comentó que era mejor que se hubiera ido antes, porque era aprehensiva con las enfermedades y ver la situación que teníamos que pasar, la habría puesto muy mal.

Los zapatos, chaquetas, guantes y cubrebocas se quedaron en el recibidor. Nos lavamos cara, manos, cuello y procuramos no movernos mucho, no sabíamos apenas cosas del bicho que nos había cambiado nuestras tradiciones. Sólo entendíamos que era demasiado peligroso y que se estaba cobrando las vidas de los mayores.


Al terminar la cena, no hubo abrazos, la abuela tiró todo lo de la mesa que era desechable; nos preparamos para salir otra vez con toda la protección requerida, mientras el abuelo nos decía adiós desde la puerta, con un trapeador listo para limpiar donde habían estado nuestras cosas. Sin duda, no olvidaremos ese día. Este año, salimos a desayunar para celebrarlo. No podemos estar más de cuatro personas en una mesa y sólo en la terraza (ese día, ahora ya se puede dentro también, hasta nuevo aviso), así que nos dividimos los 7 que somos en dos mesas y brindamos de lejos, pero esta vez sin escondernos, sin guantes, con cubrebocas, saludando de lejos a los vecinos que también estaban por ahí y sobre todo, completos, sin bajas en casa.

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