El corazón que se eleva

EL 13 de octubre cumplí 39 años. Es el año del corazón que se eleva. Llegué a los 30 años con dos hijos de menos de 2 años. Estaba sola, su padre eligió encontrar al amor de su vida en alguien fuera de nuestra familia. Me sentí devastada ¿cómo se podía fracasar tanto antes de los 30?


Las velitas escucharon mi deseo, que todo esté bien. No sabía ni cómo, ni a qué me refería con bien, ni por dónde empezar. Estaba de regreso en la ciudad que me vio crecer, León. Mis hijos nacieron en el desaparecido Distrito Federal y así como le cambiaron el nombre de un día para otro, así mi vida cambió de código postal de un día para otro.


Conseguí trabajo, traté de focalizar, establecer prioridades, cambiar la perspectiva: no era un fracaso, estaba ganando una vida nueva. Para los 33 decidí que cada año me enfocaría en visualizar un objetivo, en reflexionar algo durante todo ese año a partir de la figura de los números. 33 eran dos corazones. ¿Qué podían ser dos corazones? Mis hijos, un nuevo amor y yo juntos, el conciliar dos vidas, quién fui y quien estaba siendo. Ser madre era parirse a una misma, renacer por los propios medios.


Los 34, ¿qué figura le ven? El corazón que contempla. Imagine el 3 como corazón y el 4 como unas piernas, una recta y la otra flexionada recardando el pie sobre una pared. Esa postura relajada que vemos en muchas fotos. Ese año me dediqué a observar, contemplar, agradecer, disfrutar lo íntimo, lo natural, el proceso de vivir.


Los 35. El corazón que recibe. El 5 como una mano con la palma curva hacia arriba, como si fuera a recibir algo. Ese año me enfoqué en recibir el amor, el cariño, la paciencia de quienes eran mis amigos y familiares, estaba en un proceso de sanación y era tiempo de aceptar que merecía amor, que era valiosa. Fue un año para estar atenta a quienes lastimaban y entonces elegí que no aceptaría maltrato o heridas. Esas personas estaban sufriendo y por eso querían dañarme, pero yo no sería más su persona para descargar su dolor, sus frustraciones, sus propias historias no trabajadas. Fue un año para ir modificando mis relaciones interpersonales. Recibir es un gran reto, parece algo automático, pero cuando te escuchas descubres que en el fondo crees que no lo mereces. Esto suele pasarnos a quienes cargamos grandes tristezas o fracasos.


Los 36. El corazón viajero. El seis como mochila. Una vez abierto el corazón, el cuerpo, la mente, era tiempo de andar, de explorar, de ser libre. Elegir caminos conscientemente. Fue un año bellísmo. Escribir, crecer como profesional, como madre. Animarme a viajar sola con mis hijos, tomar muchas fotos. Sentirme feliz conmigo y con mis hijos, dejar atrás la idea de falta, de familia incompleta, de mujer que falló. Él eligió irse, yo elegí amarme y amar a mis hijos. Adiós ideas patriarcales: no hay madres solteras, hay padres ausentes. Descubrí que me había enamorado del padre de mis hijos porque amaba viajar y yo creía que al estar con él sería algo que haríamos juntos, aprendería a ser viajera. Sin él y con dos hijos, me animé. Hay viajes interiores y claro, los viajes que posteamos en instagram e implican carreteras, aviones, cambios de paisaje y husos horarios. Viajé. Incluso en el espacio-tiempo imaginario para decirle al viento: avísale que ahora entiendo, el viaje siempre es en solitario. Agradezco nuestro tiempo juntos y los hijos que procreamos. Jamás les hablaré mal de ti, tampoco te volveré héroe, pero lo que me pregunten seré honesta.


Los 37. El corazón cazador, el 7 como arco y flecha. Me imaginaba como la Diana Cazadora, por cierto, escultura que el padre de mis hijos ama. Un año para seleccionar objetivos e ir por ellos. Profesionalmente me especialicé, pensé en tener plan A y plan B, porque nada es para siempre y menos en lo laboral. El amor romántico se volvió más pragmático y real, es decir, dejé de perseguir el amor. La pareja llegaría cuando fuera tiempo, no antes. La prioridad era ser la persona con quien a mí me gustaría estar: independiente, alegre, deportista, con un proyecto de vida, dispuesta a compartir. Había que ser una naranja completa o la fruta que fuera, pero completa, adiós idea de me falta mi otra mitad. Me fue bien en la cacería. Incluso aprendí que el objetivo de ser escritora lo tenía muy olvidado y era momento de retomarlo en serio. Llegó a mi vida un perro, un Border Collie, un cazador natural, la inteligencia y el amor en un cuerpo.


38. El corazón infinito. Aceptar el amor como cualidad humana, como proceso vital. Llegaron a mi vida personas amorosas, sensibles. De alguna u otra manera las personas que me rodeaban con pensamientos negativos, insatisfechas, frustradas, salieron de mi vida. Sí, la terapia me había enseñado que no soy salvadora de nadie, que cada persona tiene un camino y el proceso le corresponde sólo a la persona, los demás no podemos salvar. La cantidad de peso emocional, de culpas, de odio que salieron de mi vida fue inconmensurable. El corazón daba y recibía amor. Obvio, veo y siento dolor, me indignan situaciones sociales, pero sé qué puedo hacer y qué no. Sé cómo contribuir y cómo canalizar lo que no me corresponde. Misteriosamente el padre de mis hijos y yo volvimos a estar en contacto en una relación que favorece que los niños lo conozcan y podamos convivir todos. Sí, es posible mirar desde otro ángulo tus heridas, sanar, buscar objetivos mayores y encontrar equilibrio. Mujeres increíbles se sumaron al proyecto de Bitácora: Adriana Varela, Maricarmen Zamudio, Mayra Nava Guzmán y Fernanda Olguín. Mi agradecimiento eterno por su colaboración desinteresada. Conócenos en una entrevista el 18 de octubre a las 20:30 horas por los canales de facebook y you tube de Bitácora52.


39. El corazón que se eleva. El 9 como un globo ¿A dónde iré? No lo sé, el viaje con un corazón cazador abierto al infinito y dispuesto a recibir, contemplar y ser múltiple apenas comienza.


En el día de la escritora quiero recordar a Rosario Castellanos y su novela Rito de Iniciación: "Aquí es donde se prepara y donde ha de cumplirse mi nacimiento. El segundo, el verdadero, el que no se debió a una conjunción fortuita de casualidades ni a un choque ciego de instintos (de esa especie a la que no pertenezco sino por la sangre) ni a las invocaciones del hambre ajena, sino el que es mío, el que puede imputárseme como responsabilidad, exigírseme como tarea y reclamárseme como juramento. Ah, yo quiero nacer perfecto, impecable, inmarcesible."

Gracias a quienes estuvieron en una parte de mi viaje y ya no están, aprendimos juntos, cruzamos retos, construimos puentes y por algo seguimos por parajes distintos. Gracias a quiene siguen estando, seguimos creciendo juntos, aprendiendo. Gracias a la Vida. Nacer por segunda vez, por cuarta, por cada año cumplido, eso es el proceso de vivir, el viaje al interior.








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