El precio de emigrar

Actualizado: 2 mar 2021

Se dice fácil: hacer maletas, tomar el avión y emigrar a otro país para vivir nuevas experiencias, ya sea como estudiante, empleado o como pareja de otra persona con la que se inicia un proyecto de vida. Se dice fácil, pero no es así de fácil.


Emigrar implica tantas cosas que, cuando se toma la decisión de dejar el terruño para irse a vivir otro país, uno no imagina lo que se va a encontrar y menos qué tanto nos va a cambiar la vida, sobre todo cuando la maleta se llena de sueños e ilusiones por el inicio de una nueva etapa, que puede traer éxitos y fracasos tanto personales como profesionales.


El cambio es brutal. Entramos en una cultura nueva con costumbres y tradiciones diferentes a las nuestras, en la que la forma de ser de sus habitantes varía; incluso su educación y hasta su escala de valores y principios.


El estilo de vida es otro y puede resultar atractivo o chocante. La gastronomía, ni se diga: diferente y lejana de la nuestra. Encontraremos algunos platillos y sabores parecidos a los propios y hasta serán un agasajo al paladar, pero otros nos resultarán desagradables.

Hay que tomar conciencia de que emigrar es empezar de cero. Desde hacer nuevas amistades, según el entorno en el que se mueva uno: estudios universitarios o empleo, hasta incorporarse a una nueva familia, si se emigra por una relación sentimental, que bien puede acogernos o rechazarnos.


Y encima de toda esta revolución de cambios, hay que enfrentar mayores retos: un nuevo idioma (si la nueva cultura es aún más lejana a la nuestra) o incorporar nuevos términos en el vocabulario, aun cuando se hable el mismo idioma. La lista es interminable.


Lo cierto es que emigrar es una mudanza en toda la extensión de la palabra. Como puede que todas las piezas cuadren bien y todo salga a la perfección, puede que también dichas piezas no encajen y todo salga mal. Es lanzar la moneda al aire y apostar por todo. Hay que aprender a adaptarse a los cambios que vendrán, porque lo mismo le puede ir a uno bien desde el primer minuto que se pisa nuevo territorio, como le puede ir muy mal desde el primer día y durante muchos años.


Y es que emigrar es un aprendizaje. Es abrir nuevos caminos, enriquecer el conocimiento, ampliar la visión de la vida, disfrutar el nuevo país en toda su extensión, dejarse sorprender y hasta atrapar por las diferencias culturales. Tomar lo bueno y aparcar lo malo. Aprender a reír y llorar al mismo tiempo, porque no todo será dulzura.

Y con el paso del tiempo puede haber un momento en que se hace un balance y surge una pregunta inevitable: ¿valió la pena haber emigrado? Y la respuesta será “según le haya ido a uno en la feria”. Así de real es.


La pregunta puede aparecer cuando las circunstancias son adversas durante mucho tiempo y no se consiguen los sueños anhelados, como un trabajo equivalente a la experiencia y trayectoria profesional, o un fracaso sentimental.

Surge la frustración, el enojo y la decepción. Se viven sentimientos encontrados, pero sobre todo se vive el precio de haber emigrado. Triste realidad.




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