Guía de viaje.

Acabo de leer que Adam Iwinski falleció. En la universidad, me aseguraba de inscribirme a clases con él. Los fines de semana coordinaba diplomados y también me inscribía en ellos. Fue mi maestro incontables veces.


Tengo muchas anécdotas. Un semestre me daba clase a las 7 am. Para mí es imposible levantarme antes de las 8am. Si lo hago, requiere mil alarmas, estoy de genio todo el día y me da mucha hambre. No había otra manera de tomar esa clase así que ponía alarmas para llegar 7:10 la hora límite. Obvio me acabé las faltas permitidas. Pero en tareas y exámenes me iba perfecto, así que ya casi por terminar el semestre y gastadas todas mis faltas (por llegar tarde) me acerqué al final de la clase: -Adam, lo siento, sé que ya no tengo faltas y eso implica perder la materia. Créeme no fue por ti, me gusta esta clase solo que no me puedo levantar. - Julia, sé feliz.


Lo vi pasar del islam al budismo. De ahí al tarot y el I Ching. Leer cuánto libro, panfleto u hoja pasaba por sus manos. Sus clases eran distintas y la misma. Era un tiempo donde los profesores no usaban recursos tecnológicos, el más avanzado era el power point. Adam solo usaba la retórica. A veces garabateaba algo en el pizarrón. Las horas se iban escuchando su voz. Entraba en personaje y explicaba moviéndose por el aula, gesticulando, haciendo preguntas, jugando a mirarnos fijos o ¿veía un punto en la pared? Nos dejaba leer y escribir ensayos. No había más. Los exámenes eran preguntas que ese día te hacía y escribías en una hoja cualquiera o te sacaba del salón y uno por uno te llamaba para hacerte preguntas.


Saquen su cabeza del congelador de la historia, nos invitaba a todos. Dejen de ser Barbies, les decía a unas. Escribes como Og Mandino, le escribía a otras.


Le gustaba llegar y sentarse colocando su café hirviendo en el escritorio. Pausa dramática mientras nos veía acomodarnos en el salón y un poco más de silencio para llamar la atención.

-Mi alma es como mi café, negra y amarga.

Repetía esa escena en días aleatorios y terminaba con grandes carcajadas. Al resto no nos causaba ni una sonrisa pero se volvió un ritual, como en la misa, cuando repites en silencio lo que el sacerdote dice mientras esperas tu contestación.

Yo solía mover los labios: mi alma es como mi café… añadía el ja ja ja. Esa frase se volvió un chiste privado entre mis amigas y sí, afuera del aula reíamos.


A diferencia de otros profes que en la época usaban la clase para contarnos sobre sus novias, esposas, ex esposas. Éramos su auto psicoanálisis, su cantina sin alcohol o su audiencia cautiva y era horrible ¿por qué nos cuenta esto? Adam nunca usó la clase para eso. La usaba para ordenar su cabeza, para contarnos sobre sus lecturas recientes, para hacer preguntas, para cuestionar todo y un día estar a favor y otro en contra. A dos profesores les aprendí la habilidad de moverse en un discurso a favor y en contra, uno fue Adam y el otro es Héctor Gómez Vargas. Ahora me gusta hacerlo cuando hay algún diálogo o debate, me parece una buena forma de recordar que todo es perspectiva y cinrcunstancias.


Adam y yo solíamos coincidir en los pasillos, algunas veces nos sentábamos uno al lado del otro y comenzaban conversaciones casi sacadas de películas de Woody Allen. Sí, ahí sí me contaba sobre sus novias, su hijo. Yo platicaba sobre mis dudas existenciales o sobre no entender lo que habíamos visto en clase.


A todas nos emocionaba verlo platicando con Adriana Karzenbaum. Imaginábamos que el mundo iba a explotar y surgiría uno nuevo.


Como olvidar la pelea con el suizo, profesor de filosofía. Eran exámenes finales, el suizo nos pasaba uno por uno. Sacábamos tres preguntas de un bowl y ante él y dos sinodales deberíamos responder. Esto hizo que el examen fuera larguísimo y obvio invadió el tiempo de la clase de Adam. Un alumno bajó a decir que Adam pedía que sus alumnos subieran a clase. El suizo respondió que era examen. Quienes mirábamos al alumno subir y bajar escaleras, juro que pensamos: no maten al mensajero. Adam salió furioso del salón, bajó y empezó a tocar la puerta del salón del suizo, como no le abrían, aprovechó su altura, abrió las rendijas de ventilación y empezó a hablarle al suizo. Comenzó a ponerse rojo, la conversación subió de tono, el coordinador que era sinodal salió para intentar calmar las cosas. Adam ya maldecía en polaco o igual cantaba una canción de cuna pero era otro idioma y estaba enojado así que creíamos que maldecía.

El suizo no decía nada. Sus caireles sólo temblaban. Guardaba compostura. El coordinador iba y venía. Nosotros nos preguntábamos si así funcionaba el mundo civilizado de los varones intelectuales y seguíamos viendo la escena sentadas, esperando instrucciones: subir con el polaco, esperar nuestro turno de examen con el suizo.


Las únicas veces que vi el rostro de Adam iluminarse era cuando se trataba de sus hijos. Después de salir de la universidad no lo volví a ver hasta que un día coincidimos en una clase de matronatación. Cargaba una niña.

-¿Adam? - Hola Julia ¿cómo estás?

Sorprendida, quería responder pero fui con la fórmula: bien y ¿tú? Me contó que se había casado y tenía una hija. Nos sumergimos en la clase y otras veces coincidimos.


-¿Sabes por qué en México no leen? -No -Porque no lo necesitan, son felices. Tienen sol, baile, comida, se juntan. Se lee cuando el invierno es largo, muy frío, estás encerrado en casa sin nada que hacer. Cuando tienes el alma como la mía ¿sabes cómo?

Conocía la respuesta de sobra, pero prefería oír sus carcajadas así que respondí:

-No - negra y amarga jajajajaja.


Adam era un personaje. Era el mismo cuerpo pero siempre era otro. Su constante era estarse reinventando, a partir de la religión, de los filósofos, pero si un día era budista todo lo era. Si al otro era existencialista, todo lo era. Nunca vi los puntos medios en Adam, era absoluto. Cambiaba de totalidad en totalidad.


Las jerarquías no le interesaban o parecía que no. Fumaba, tomaba, bebía mucho café. Le voy a recordar como alguien siempre en búsqueda, sin miedo a experimentar. Alguien que analizaba por igual la posmodernidad que el I Ching. (Lo sé, eso ya es posmoderno)

El maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov era un libro que en mis épocas de estudiante no se cansaba de recomendarnos.


Hasta siempre Adam. Ya nos reencontraremos en ese lugar negro y amargo. Como está escrito en El maestro y Margarita: "El hombre es mortal, pero eso es solo la mitad del problema. Lo grave es que es mortal de repente. ¡Ésta es la gran jugada! Y no puede decir con seguridad qué hará esta tarde."



5 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Chocolate