¿Inesperado o planeado?



En algún momento en que tenía revoltijo emocional, es decir, que se me juntan más de tres emociones al mismo tiempo, tuve un pensamiento: "Ashhhh ¡ojalá le toque atender toda una semana a las crías sin que yo esté! Qué se le jun

te el trabajo, la escuela, la comida, las academias. ¡Pa' que vea lo que se siente!"


Y este pensamiento se repitió en otros episodios donde los berrinches de las crías se manifestaban o donde el cansancio me rebasaba. Claro que, el pensamiento aumentaba o marcaba un poco más alguna de las acciones mencionadas...


Y así pasó el tiempo, los días, los meses, la calma volvía, había otros revoltijos emocionales, otros pensamientos y la vida transcurría. Cuando, en una merienda, nomás porque lo vimos "coloradito" y cansado, tomamos su temperatura y nos encontramos con un 37.9 °C. La alarma interna empezó a sonar. Las voces externas dictaron "paracetamol", mañana vemos cómo amanece. Y al día siguiente, ya estaban en fila para hacer la prueba. El hisopo o cepillo entró girando en la fosa nasal y salió de la misma manera directo a los reactivos. Los resultados se manifestaron y el médico hizo su receta, enviando a mis padres al aislamiento por 14 días. Alarma general. Alerta roja. Corazón latiendo más aprisa. Sentidos exaltados. Nuevas voces internas. Discusión en el chat familiar para organizar el hacer y el quehacer. Que si tú, que mejor yo, que yo mejor mando dinero, que conviene que uno que conviene que dos, que si la puerca tuerce el rabo... Ya sabes, el discutir para llegar a una conclusión que sea benéfica para todos.


Decisión tomada. Yo me iría toda una semana para atenderlos. Yo sería la responsable de tomar minuciosamente los controles de la oxigenación, la temperatura, la presión, la glucosa; revisar que tomaran las medicinas para los malestares "de la vejez" y el tratamiento para liberarlos del bicho surgido en la pandemia; alimentarlos suficiente, variado, nutritivo; pasar el reporte y mantener la comunicación.


¿Y mis crías? ¿Y el cónyuge? Estarían una semana sin mi presencia. ¡Pensamiento realizado! Deseo concedido. Tendrán su semana sin mí. "Cuidado con lo que pides porque se te puede cumplir", frase que me cayó como un vasito de agua fría en la espalda.


Aprendí a atender, a observar cómo todo es diferente cuando los padres están en esta etapa llamada vejez y que después de esta etapa ya no hay más. Agradecí que sus vacunas funcionaron, que sus defensas los mantuvieron fuertes, que la alimentación que les di ¡se la comieron con hambre! (Es que eso de cocinar no es mi fuerte, y siempre le pongo harta verdura a las cosas jeje, haciendo que mis platillos no sean los más populares en la tropa, jijiji). Agradecí que estuve durmiendo tranquila sin temor a que "les vaya a faltar el oxígeno"; agradecí la cama que me encantaba cuando yo era soltera, y que ahora, aunque la sentí dura y las almohadas nomás no me acomodaban, pude dormir. Agradecí que observé cómo fluye la energía en cada uno de ellos según la hora del día. Agradecí que vimos harta tele y que platicamos en las comidas. Agradecí que me bañé con calma y cantando. Agradecí que una de mis hermanas anduvo yendo de rapidito a supervisar y que los otros desde el chat se hacían presentes.


Quizá parezca que fue fácil, sin embargo, te comparto que no, no fue así. Es muy grato estar con mis padres y mimarlos y hasta hacer chiste cuando les presentaba mis platillos o burlarme de los piquetes que les di para medirles la glucosa o grabar un video haciendo la "pócima" para limpiar las superficies. Fue agradable platicar con ellos y disfrutarlos. Pero también está esta parte donde ya no hay más qué hacer, no hay otra ocupación más que lavar trastes, donde la energía no es suficiente para degustar un libro; donde resulta abrumador el no hacer nada. El ritmo es completamente otro. La dinámica: revisa, limpia, cocina, limpia, revisa, ve tele ¡enclocha!, o sea que fue igual a lo que sucede en los coches estándar de velocidades, tienes que pisar el clutch para cambiar de primera a segunda o a tercera y si el clutch no entra, no cambia, te quedas en la velocidad que estabas, no puedes avanzar más ni pasar a neutral, ni siquiera frenar; así me "encloche". El ritmo estaba trabado en velocidad baja. Y es ahí donde comencé a extrañar y a darme cuenta de que todo funcionaba bien en casa con mis crías y el cónyuge, de que él sabía cómo hacerlo. Tuvieron sus propias crisis, las resolvieron. Tuvieron sus momentos divertidos y se hicieron cómplices de travesuras. Tuve que aceptar ¡que he hecho buen trabajo! Que mi maternidad les dio herramientas a las crías para saber que, si yo estaba lejos, las seguía amando, y que su padre puede atenderlas. Es un adulto responsable, amoroso, cuidadoso y que ¡también se las sabe todas! No me fue fácil decirme: "él sabe, él puede, él tiene todo lo que se necesita". Quería sentirme indispensable, quería regodearme con las frases de "sin mí qué van a hacer, sin mí no van a poder". Pero me tocó mi cucharada de soltar el control, de confiar y ¡tómala!, sí pueden, sí saben.


Acepté que los ritmos de vida son para disfrutar la vida en la etapa en que estés; que la comunicación se favorece con la tecnología, pero realmente nutre y alimenta cuando al menos la voz es la que suena en el teléfono y no sólo son las letras escritas en una pantalla. Aprecié que algunas personas pasaron frente a la cochera y nos saludaron con gusto, viéndonos a los ojos, deseándonos pronta recuperación. El contacto humano edifica.


Aceptación, aceptación, aceptación. Realidades que dan aprendizajes.


Aún estoy en el proceso de seguir aceptando la vejez de mis padres, y las respuestas o los silencios de mis hermanos. Cada uno tiene su momento. Ese proceso te lo compartiré en otra ocasión. Aún no está listo. Con soltar el control y apreciar un buen resultado, hoy es suficiente.


Gracias por leer. Cuando gustes, compárteme qué piensas y sientes. Aquí hay espacio.

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