La pregunta incómoda

Hace ya algún tiempo atrás había una pregunta que me daba miedo, que podía quitarme la escasa tranquilidad que tenía en esos días, que me robaba mi paz. Tres simples palabras entre unos signos de interrogación podían sacarme las lágrimas, eran tan poderosas que si no las respondía bien me hacían sentir culpa, o si lo hacía sinceramente dejaban caras largas y apuesto que a más de uno dejaron con un nudo en la garganta y con las ganas de no haberme preguntado nada ( es por este tipo de respuestas qué hay que aprender a ser prudentes y saber si en verdad nos interesa tanto lo que nos tienen que decir).


¿Cuántos hijos tienes?


Estas inocentes e inofensivas palabras que puedes ser meramente para sacar conversaciones ligeras o llenar espacios de silencio pueden tambalear el mundo de alguien y hacer su día un poco más triste. No sabemos realmente la historia que se esconde detrás de esta simple pregunta.

En un inicio era dolorosa esa pregunta, recuerdo mi cabeza iba a toda marcha ¿Debo decir dos o cuatro? , ¿y si digo cuatro y me preguntan sus nombres? ¿Y si digo que se murieron dos y termino consolando y llorando al mismo tiempo? Debo confesar que más de una vez dejé caras largas por contar mi triste historia o escuche las típicas frases hechas de -tienes dos angelitos que te cuidan- el -todo pasa por algo- o mi tan odiado – Dios sabe por qué hace las cosas-.


Y cuando omitía a los dos que murieron y después me llegaba la culpa como una tonelada de ladrillos y la tristeza de haber negado a dos personitas tan importantes en mi vida, mis hijitos que murieron.


La verdad es que no hay una respuesta o solución correcta, yo creo que debemos de respetar lo que sentimos, si no tenemos ganas de contar la historia porque nos duele y lastima, está bien no hacerlo. Si tenemos ganas de contar al viento que tenemos más hijos de los que pueden ver aunque transforme caras debemos decirlo, ambas manera son correctas, sin sentirnos culpables, debemos ser fieles a nuestro sentir.


Mi abuela materna y yo somos las únicas que vivimos esta historia por éste lado de la familia y ella me enseñó dos lecciones valiosas cuando se murieron mis hijos. La primera es que el dolor y la sensación de los brazos vacíos es uno que se llevará siempre, con el paso del tiempo de distinta manera e intensidad. La segunda es que siempre hay que contar a los hijos aunque hayan muerto de manera tan inexplicable, aunque hayan muerto al nacer, ella siempre contó a su María entre sus hijas y como ella yo contaré a mi Joaquín y mi Víctor Manuel hasta el final de mis días, y puedo apostar que cuando sea una viejita sin recuerdos ellos estarán intactos ahí en lo más profundo de mi corazón.




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