Muertes chiquitas

Actualizado: 13 dic 2020


LAS MUERTES CHIQUITAS (NOVIEMBRE 2020)

La muerte es lo único de lo que estamos seguros va a suceder. Y eso, esa muerte definitiva, el final de la vida, es para mí una muerte grandota; también hay otras, pero no estoy pensando en esas.

Hoy yo pienso en las muertes chiquitas, en esas que aparecen todos los días, pero que son tan cotidianas que ni alcanzas a percibir que son muertes… A veces las llamamos pérdidas.

Una muerte chiquita es esa cuando de pronto me doy cuenta de que llevo días malhumorada, comiendo sin saborear realmente lo que está en mi boca, durmiendo en estado de alerta, es decir, sin descansar; teniendo esas actitudes agresivas, altaneras que me llevan a la prisa, al regaño, al enfado… Y todo eso sucede porque hay una muerte chiquita que anda pasando desapercibida.

Yo la descubrí en una noche cuando miraba las estrellas de plástico fosforescente que están pegadas en el techo de su habitación. Cuando miré las paredes verdes clarito con delfines de vinil pegados como cenefa. En ese momento en el que, recostada en su cama, iluminada por la luz tenue recorría con mis ojos su habitación, mientras mis dedos le hacían “piojito” en su cabello. Ahí sentí el frío en mis manos y en mi nariz, era esa muerte, ese duelo de ver que mi chiquita se hace grande y en su pubertad casi casi adolescencia necesita menos de mí.

Pocas veces, pero muy poquitas, he escuchado a una mamá sincerarse diciendo que le dolió ver crecer a su cría. La mayoría me ha contado de lo maravilloso que es cada momento, cada etapa, de sus retos, del crecimiento, del descubrir. Sin embargo, creo que solo a un par de mamás las he oído decir que pasaron por un duelo materno al transcurrir de una etapa a otra.

Y es que ver que de pronto, así nomás, un día sus juguetes ya no fueron tan interesantes, sus dibujos se perfeccionaron, sus gustos musicales cambiaron, sus cosas se ven todo el tiempo desordenadas, su necesidad de estar conversando con sus amigos desde las plataformas digitales (porque ahora en este 2020 así toca) es mucho mayor que estar jugando conmigo, pasar el tiempo juntas. Sus preguntas curiosas y chistosas se han vuelto desafíos y muchas veces son cuestionamientos para comparar o confrontar mi coherencia de vida. Mis chistes se vuelven menos graciosos a sus oídos y su risa… su risa sigue igual de hermosa y contagiosa. Pero así de repente, de un momento a otro ¡zaz! Se da el cambio. Así va abriendo camino. Así va creciendo.

¿Y luego? ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué sucede con el tiempo, la fuerza, la energía invertida? ¿Dónde quedó la bolita? Sé que la respuesta es “quedo en mi lugar de madre, acompañando, amando, educando”, pero tengo que morir a ser “la mamá de una niña” para ser la mamá de una jovencita en la adolescencia. Me toca adaptarme de nuevo. ¡Y la muerte chiquita sonríe cabronamente!, como diciendo aquí ya se acabó.

Y por eso sé que ya la había visto, que ya en otro momento había sentido mi piel ponerse chinita con los vellitos levantados. Instantes, momentos breves como rasguños. Pero también sé que voy a superar esa muerte chiquita. Pude lograrlo cuando dejé de amamantarla; cuando ella dejó los pañales; cuando se fue al kínder y fue cambiando de grado escolar; también cuando decidió que podía donar los primeros juguetes que tuvo en su vida y que ya no usaba; e igualmente la superé cuando su bicicleta ya no usaba rueditas.

Viendo esos recuerdos aseguro que la muerte chiquita estuvo presente en esas ocasiones, que me había visitado y que yo no la había saludado con un duelo. Tengo la certeza de que mi duelo también pasará. Pero hoy ¡hoy lo tomo, lo abrazo, lo beso y también lo lloro! Porque me duele y sentir dolor es humano. Soy humana. Soy mamá. Y hoy me permito en este momento consciente decir: voy a extrañar a mi niña. Voy a extrañar sus chistes aprendidos en su clase de español como recurso literario y de los cuales estuvo hablando durante toooodo un año; voy a extrañar que se disfrazara de ninja y anduviera sigilosa por la casa, extrañaré estar las dos juntas en su cama para leer un cuento, será extraño que ahora ya no haya lucha porque se termine el lunch, se meta a bañar o haga la tarea, voy a extrañar sus dibujos locos y muchas cosas más vividas mientras fue niña…

Confieso que al escribir estas líneas me voy adaptando emocionalmente, pues al mismo tiempo que veo el paso de esa muerte chiquita también me da ilusión saber que viene una bella etapa llena de intensidad emocional, novedad, creatividad, socialización, con grandes ventajas y grandes riesgos, que será algo bello y mientras mi cría y yo estemos vivitas y coleando podré acompañarla, disfrutar mucho con ella y volver a desprenderme de ese momento.

Así la vida con sus pérdidas o muertes chiquitas y sus muertes grandotas. ¿Cuáles son las tuyas? adrianitavarelaochoa@gmail.com

P.D. También hay otro factor que me da esperanza y aligera lo que siento: ¡mi otra cría! Estaremos un rato más en la etapa de la infancia. Así que, comper, toca ir a ver la peli.

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