Perdida y encontrada

A lo largo de los años y la suma de responsabilidades, lo cotidiano pasa y uno se olvida, yo a mis 31 años (ahora tengo 32) tenía sin engañarte como 3 años sin hacerle algo lindo a mi cabello, más de un año sin salir al café con mis amigas, sin contar el año de pandemia.


Entre las charlas por WhatsApp con los amigos, ahora coincidimos como padres, en dejarnos para después, nos terminamos olvidando.


De manera personal, no sabía que estaba olvidada hasta que choqué conmigo misma, y eso dolió muchísimo, en qué momento ocurrió, cómo pasó.


Me miré de frente, vi mis ojeras, mis arrugas en la frente y lo que tenía, no hacía clic con lo que miraba. Identifiqué que mi panza era el resultado de un mal hábito, por comer sin tener hambre pues me llegaba la ansiedad. Ahí estaba yo, mirándome frente al espejo, olvidada e inconsciente de lo que le daba a mi cuerpo físico y mental, lo sabía, pero no era consciente.

Entre parpadeo y parpadeo, mis lágrimas salían, me miré de frente un poco encorvada, distante, con muchos sueños, con bastante sueño y un cansancio excesivo, tan intenso que no podía recordar mis actividades de los meses pasados. En qué momento se me fue tanto tiempo, porque tenía todo controlado, sabía dónde estaba el café, las tareas pendientes, las necesidades de mis clientes, las cuentas por pagar, lo sabía todo, bueno casi todo.


Solo sé que mi cuerpo no me ha abandonado y los días que no quiero salir de la cama, mis ojos se abren mágicamente y me invitan a seguir. Porque hay días llenos de energía inmensa, en que logro increíblemente mis metas, en los que me siento como el rey Midas convirtiendo en oro todo lo que toco, y muy pocos días a lo largo del mes, que de verdad solo quiero dormir, porque el cuerpo no perdona, siempre cobra factura.


Hace un par de meses me vi frente al espejo y me di cuenta de lo olvidada que me tenía, pero no es de hoy ni reciente, esto ya tiene tiempo, ya va para largo, pero no era consciente. Entre mi autoconocimiento y mi reconocimiento me di cuenta de que necesitaba ayuda, no podía solita y no, nada tiene que ver por la falta de dios, como muchos me llegaron a sugerir. Después de una larga búsqueda y un largo investigar, me armé de valor, tomé mi teléfono y pedí ayuda, llamé, saqué la cita y ahí estaba yo, reencontrándome, trabajando mis angustias, reconociendo que es válido sentir, llorar, enojarme, aceptando que hay cosas en las que no se tiene el control, recordando que los límites son necesarios.


Decidí sanar ese abandono y parece mágico o no sé, pero todo empezó poco a poco a sanar, a retomar valor.


Hoy me premio, hoy identifico mi conducta, hoy me redirecciono, hoy me juzgo menos, hoy no me olvidé, hoy me tengo presente, hoy me amo, hoy me apruebo, hoy estoy cambiando.






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