Resurgir. Cuento de Fátima Chong

Frida, atendió inquieta los resultados de los exámenes médicos y escuchó incrédula a su ginecóloga. Salió del consultorio afligida. Afuera la esperaba su pequeña hija, Ángela, por eso, la mujer limpió prontamente sus lágrimas y tomó a su retoño de la mano, la apretó involuntariamente. Caminaron hasta la estación del autobús e hicieron una parada en la pizzería.


Los pensamientos confusos de Frida oscilaban entre lo que ocurriría en los próximos meses a cómo su situación económica le impedía un tratamiento rápido y eficiente. Además, se reponía de un reciente divorcio, del desamparo, de la apatía proveniente de su ex marido quien le negaba la pensión que le correspondía, sufragaba la violencia de la omisión y poca empatía a su delicado estado de salud. Acudiría a los apoyos gubernamentales u organizaciones independientes que ayudan a personas vulnerables como ella. El pasaje a recorrer era abrupto, no tenía claro cómo iniciaría su andanza, mientras la niña ajena a sus tristezas se divertía.


Llegaron a casa, y la abuela, Sol, averiguó con impaciencia sobre los análisis. No resultó imperioso darle una explicación detallada, pues ella miró a los ojos de la joven y descubrió la mala noticia, no obstante, la consoló, le repitió con certeza que “saldría adelante”.


Frida protestaba. El llanto surcaba el rostro de la enferma y rasgaba el alma de Sol, tendrían que dar muestras de estoicismo descubriendo fuerzas en lo recóndito de sus seres, y prioritariamente evitar angustiar a Ángela. Los días sucedieron, la quimio hizo sus infernales efectos en Frida y Sol inmutable permaneció al cuidado de su mermada salud, la asistía en la penumbra. Incluso Ángela corría a buscar frazadas y limpiaba su amarga saliva emergente. El prodigo cabello se desprendía de la mujer, quien concluyó con tal agonía rasurándose. Al apreciarla la niña comentó que parecía una bebé, lo que arrancó bastas carcajadas de las féminas mayores.


Una tarde Frida reposaba en su habitación, Ángela se sentó a su lado y se enteró que los senos que antaño la alimentaron desaparecieron y le enunció que poseía el aspecto pueril de una chiquilla, así como ella, la abuela emergió perspicaz para acompañarlas y confabularse en esa fortuita plática, acariciando el rostro de su nieta le explicó que la vida de Frida resurgía. Pernoctaron juntas las tres en complicidad amorosa y la luna por la ventana las iluminaba.


Ha amanecido, la ginecóloga efectúa una llamada y la abuela responde. Frida mortificada estruja con sus puños las sábanas y se incorpora, tropieza con Sol y esta última le murmura “el cáncer ha cedido”. Ante la respuesta conversa con su alma, se quita la bata, se ve con firmeza desnuda en el espejo roto y se acepta, briosa alcanza a la portadora de la anhelada noticia abrazándola y Ángela que ya no dormía surge en medio de ellas para ser partícipe del júbilo. El viento del albor se cuela por la lumbrera, Frida está viva y no sólo cumple con una existencia biológica como otras personas.




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